
Del arte y otros demonios.
El Código Anticristo.

AÚN NO no he leído el multicitado bestseller El Código Da Vinci. Y aún dudo si lo haré... Mmm... Sí, creo que lo haré, a pesar de que es uno de los libros más vendidos del planeta y a pesar de que me han contado ya tantas partes. Lo haré porque quiero releer, aunque peor escrito, todo ese divertimento sobre el matrimonio con María Magdalena -una hipótesis que no ofrece novedad alguna: ha aparecido en medios esotéricos por los siglos de los siglos, en la literatura y el cine (El Evangelio según Jesucristo de Saramago y La última tentación de Cristo, de Scorcese), e inclusive en los Evangelios Apócrifos, anteriores muchos de ellos a los Canónicos de la Biblia cristiana-. Matrimonio y descendencia que, ante nuestros ojos nostálgicos, revelan a un Jesús más terreno, más profano, más cófrade nuestro en consecuencia. Un Jesús al que sí nos podemos parecer, no tan inmaculado, y sí con una leyenda alrededor suyo que perviviría hasta la actualidad. Desde luego, hacer de Jesús un héroe doméstico en lugar de un santo es mucho, pero mucho más redituable. No las limosnas multimillonarias de la Iglesia, sino la venta multimillonaria de libros -ya que no hay opción entrar al negocio eclesiástico- y una película de superproducción hollywoodense.
Sin embargo, es claro que no contribuiré con la empresa. Lo pediré prestado o... no, tampoco compraré uno pirata o le sacaré copias. Lo pediré prestado. No por oposición al nefasto capitalismo del asunto, sino porque detesto la metaficción histórica que, además de todo, es capitalista. En efecto, ese villano y maquiavélico intento por volver al Cristo un personaje de la historia humana, ignora soberanamente (y vende esa misma ignorancia por doquier) la belleza de una manifestación abstracta como Jesucristo. Ignora por completo al Logos, el Verbo, a aquel que dijo ser la Verdad, que nos vino a librar con esa afirmación de dudas ontológicas y epistemológicas tan perjudiciales, para volverlo un William Wallace o un Aquiles representado por Brad Pitt. Un señor muy hogareño y familiar con un feminismo muy grande (gracias por el favor, no era necesario que se molestara) hizo de María Magdalena la primera discípula, la fundadora practicamente de la religión cristiana, la esposa de Jesús y madre de no sé qué dinastía (europea, por supuesto) cuya sangre representa el Grial -¡Ah! ¡Verdaderamente me aburro!-. Bien, seamos pacientes: ¿y eso qué? Es decir, qué bonito cuentecillo, pero ¿y qué más? Es tan enfermizo como la discusión sobre si existió o no un hombre nacido en Belén, radicado en Galilea, al que llamaban Jesús de Nazareth, que divulgó la génesis de una nueva creencia religiosa y fue crucificado. ¿A quién le importa? El Cristo es la Palabra, por eso se le rinde culto aun en el período de la nada presente, como ha sido desde el principio y será hasta el fin. Es el Alfa y el Omega. Por eso es el Dios, no porque haya sido un buen esposo, jefe de familia o padre de Carlomagno. Hacer al Cristo un mero personaje de la historia no es solamente perverso y estulto, es lo más vil en lo que alguien haya empleado la fábula crística y la expresión literaria -nada de arte, lo sé muy bien-. Así, Dan Brown es el Bill Gates de la literatura. Salve, oh Gran Anticristo.