Del arte y otros demonios.

Sean buenos como vuestro padre es artista.

QUÉ FÁCIL fue despojarse de Dios para los artistas románticos, y no lo digo como un deseo o una esperanza, que así podría sonar para la generación contemporánea. Lo digo como una crítica, porque volvimos a ese despojo con el nihilismo de principios del siglo XX y le dimos la vuelta en la posmodernidad -no es necesario, creo, mencionar los integrismos filosóficos y la readaptación de cultos ancestrales como el new age o la wicca-. Bien, Dios nos traicionó, maldito sea por ello, pero ¿acaso no es lo más fácil volverse satánico en ese caso, como hizo gran parte del romanticismo? Buscar quién nos soporte, en este caso el bueno del Diablo, que se vuelve todo bondad al ser el Dios cristiano inflingidor de las torturas y pesares implícitos en la existencia. Se cae en la simpleza de "si no con Melón, con Sandía". Porque si Dios es el malo, y es el Ser Supremo, ¿no convendría más hacerse a su parte, lo que no sería en realidad sencillo? Habría que soportarlo un poco con tal de ganar su favor, y a la postre redituaría en mayores beneficios -supongo- para sus "amigos", o en su defecto, por lo menos en no importunarlos excesivamente. Dios vence al Diablo con una mano atrás, eso está más que probado en nuestros treinta y cinco mil años y contando, de modo que ¿no sería lo más inteligente mantenerse de su lado? Basta de romanticismo, basta de dudas. La nostalgia se ha vuelto igualmente común en nuestra época, aún cuando sea tan arcaica y cursi. El diablo tan triste, como nos lo pintó Milton y nos ha conmovido desde entonces. Pues sí, triste, frágil, y por lo tanto inútil como el tallo de una florecilla. Esa florecilla frente a la cual muchos aún suspiran y le desprenden pétalos. Pisoteable, si es que fuese interesante, divertido, ameno, o algo, el pisotearla. ¡Cuánto más Dios no se molesta en prestarle atención! Por eso sucede el mal. Es algo ya tan cotidiano, tan aburrido, tan masivo. Dios es un artista también (poiesis=creación), y como tal se comporta. Siempre he simpatizado más con los artistas que con el vulgo satánico. Crear -o mejor dicho recrear- la bondad actualmente sí que es un gigantesco esfuerzo de la voluntad. Pero no la bondad religiosa, oh no, esa bondad es más satánica que Lucifer en persona. Odia a los pobres obligando -pues la hace sentir culpable en caso contrario- a la gente a darles limosna, por ejemplo. Más bien, la bondad de no entrometerse, de no dar para no corromper, de renunciar al egoísmo de sentirse bien a costa de falsos beneficios a los demás. Eso sí es arduo, complejo. Merece la pena. Por favor, lo pido como un favor: a todos los malos, sean buenos no siendo buenos como el diablo. Libérense de melón y de sandía (con un demonio, ¿quién los habrá opuesto? ¡Se podrían llevar tan bien!), es decir, de la dualidad, de la dicotomía. Quizás ese sea el único modo de hallar lo trascendente... el tres, es decir a Dios.